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La hermosa estatua ecuestre de Carlos IV, mejor conocida como El Caballito, ha visto pasar la historia de México y lo seguirá haciendo desde su sitio actual o, desde algún otro, pues lo suyo ha sido migrar en múltiples ocasiones.
El hacedor de la estatua, Manuel Tolsá, llegó a México o a la entonces Nueva España en 1791, para asumir el cargo de director de escultura de la Academia de San Carlos, de muy reciente creación. Le fueron encargados múltiples proyectos y ya era muy reconocido para cuando el Virrey Branciforte le pidió la construcción de esta estatua.
¿Por qué Carlos IV? No existe una razón de peso para que su estatua fuera construida para ocupar la Plaza Mayor de México, pero así fue. En realidad Carlos IV fue un monarca mediocre, que tuvo un corto periodo de reinado, de 1788 a 1808, y terminó abdicando a favor de su hijo. Bajo este horizonte, para él no era más que buena prensa el permitir que reprodujeran su estatua en cualquier parte del mundo.
El proceso de construcción de una obra de esta magnitud en aquellos años, requirió mucho dinero, pero sobre todo, tiempo. Para empezar, en ese primer año de trabajos (1796) no se reunían los 600 quintales (casi 28 toneladas) de bronce que eran necesarios para el vaciado de la pieza. Tolsá entonces propuso la solución de inaugurar con una pieza provisional en madera, mientras se reunía el metal. El virrey que había propuesto el diseño de la estatua no la vio nunca colocada, pues fue retirado de su cargo por numerosos actos de corrupción…
Luego de varios años en los que se esperó para reunir el metal, al fin el molde listo para la estatua fue vaciado en 1802. Se trataba la escultura más grande y de una sola pieza que se hacía en los dominios españoles de América. La enorme escultura de bronce medía 4.88 metros de altura por 1.78 metros de ancho y 5.40 metros de largo. Su peso era de casi 6 toneladas.
Tolsá necesitó, según la información del ingeniero Manuel Aguirre, 14 meses para cortar, limar, cincelar y pulir la escultura. Se dice que para sacar el relleno que todavía quedaba en su interior se le hizo un orificio al caballo por donde pasaba un trabajar. Por curiosidad, se metieron muchos hombres para saber cuántos cabían. Veinticinco lograron entrar y desde entonces también se le conoció como Caballito de Troya.
Entonces, el primer lugar en el que se encontró la estatua fue donde se realizó su trabajo de hechura. Se trató de la Huerta del Colegio de San Gregorio, en la manzana de lo que hoy conocemos como el Colegio de San Ildefonso, El Carmen, Venezuela y Rodríguez Puebla. Luego, llegó la gran inauguración al colocarla en el pedestal en la Plaza Mayor, actual Zócalo, el 9 de diciembre de 1803.
La estatua fue admirada y era un símbolo claro de la dominación española sobre los Aztecas. El percherín en el que va montado el rey, pisa con la pata trasera derecha los símbolos del antiguo imperio Azteca.
Allí permaneció, claro, hasta después de la Independencia de México y la entrada del Ejército trigarante a la Ciudad. La única manera de que la estatua no fuera destruida era escondiéndola. La colocaron dentro de un globo y construyeron un pedestal alrededor.
El caballito es una obra de arte y don Lucas Alamán, hombre ilustrado y ministro de Relaciones Interiores y Exteriores del nuevo gobierno, sugirió que fuera conservado y se decidió colocarla en el claustro de la Pontificia y Nacional Universidad de México.
De 1823 a 1852, permaneció enclaustrada, hasta que se decidió colocarla en una glorieta cerca de Bucareli. Su traslado fue arduo y antes de que eso sucediera, se decidió quitar el águila y el carcaj que pisaba el percherín como símbolo de dominio.
Allí vio pasar a López de Santa Ana, la llegada de Benito Juárez, el imperio de Maximiliano, de nuevo Juárez en el poder y después Porfirio Díaz. Luego del porfirismo siguieron todos los gobiernos modernos y llegó la década de los setenta, justo cuando la construcción de los ejes viales, lo retiraron de su conocido lugar. En 1979 se le movió para llevarlo a la plaza Tolsá, frente al Museo Nacional de Arte. Plaza remodelada especialmente para colocarlo allí y donde parece lucir con toda serenidad su belleza.
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