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Más que su color, su textura es fascinación pura. Parece bajado del cielo. Es como una nube que termina disolviéndose apenas aterriza en la boca.
Son finísimos hilos de azúcar que se van enredando unos sobre otros. Su hechura es parte de su encanto. Acercarse a comprar un algodón es todavía más fascinante si nos detenemos a ver cómo se construye. Es como el pelo de un ángel que, apenas saliendo del centro de una máquina, comienza una danza etérea y sin prisa. Sólo la mano de un experto algodonero es capaz de conducirlo a su destino: a formar una nube de color pastel, amarrada a la tierra por tan solo un simple palito de madera.
Todas las imágenes que crean y evocan son tan lúdicas, que ningún niño o niña en el mundo se les resiste. Los algodones azucarados son todo un clásico de ferias y circos. Parecen estar irremediablemente ligados al goce infantil. La historia informal cuenta que en los años treinta del siglo pasado, fue el Circo Atayde quien trajo dos máquinas con su respectivo hacedor y dueño, un algodonero inglés. Y éste, al parecer, le vendió una a Don Cruz Arroyo de Toríz, en la ciudad de Puebla, desde donde se empezó a extender al resto del país con el paso de los años.
Huele intensamente a caramelo el sitio donde los preparan. Y tal cual abejas al panal, los niños se acercan. Los algodoneros son pues, como magos haciendo lo propio frente a un público siempre agradecido y complacido con los resultados. Y cuando llega el momento, la fascinación aumenta, pues apenas se le da un mordisco, desaparece como otro acto de magia, dejando apenas un dulce sabor en la boca.
La documentación conocida de este invento, según Wikipedia, menciona a un par de inventores que dieron a conocer su máquina de hacer algodones en la Feria Mundial de Francia de 1900, con el nombre Fairy Floss (Seda de hadas). William Morrison y John Warthon, fueron quienes la llevaron luego a la Feria Mundial de Saint Louis, Estados Unidos, de 1904. El precio de los algodones, sin embargo, era de 25 centavos y, aunque excesivo para la época, se convirtió en todo un éxito. Después de esto, las tiendas de golosinas comenzaron a comprar las máquinas ofreciendo el producto por un precio inferior y con el nombre de sugar spun (hilado de azúcar), sólo que la maquinaria era aún muy frágil. Pero en 1940, la empresa Gold Metal Products, creó otro modelo con base en el principio de sus inventores, pero más resistentes. El precio de cada pieza bajó todavía más y así fue como los algodones se consolidaron.
Hace décadas, los algodoneros eran personajes mucho más comunes en la vida diaria de las ciudades. Callejeando entre semana y concentrándose en las plazas y jardines sobre todo los domingos, los algodoneros eran personajes de rigor. Sin embargo, hoy las ferias y los circos han sido los reductos actuales de estos personajes.
A veces con vistosos uniformes, otras como hombres o mujeres comunes y corrientes, pero los algodoneros siempre serán los dueños de un misterioso don que hace que las nubes bajen y vestidas de rosa o azul, sean una hermosa golosina para los niños de todas las edades.
Fotos Shutterstock | Gaby Maldonado
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